Llega una calor histórico a la peninsula

¿Por qué las previsiones avisan de un calor histórico? Los modelos dibujan un escenario tan caluroso porque la masa que se va a internar en la Península es muy cálida. Sorprendentemente cálida. El mejor indicador para saberlo es la temperatura del aire a unos 1500 metros. Es el mejor indicador porque, a esa altura, el aire recibe menos influencia de la superficie y nos permite identifica mejor su, por llamarlo de alguna forma, «temperatura propia».

Y esa temperatura propia es clave porque tiene su reflejo directo en la temperatura que sufrimos (o disfrutamos) en la superficie. De ahí que los modelos estén pronosticando que «a partir del miércoles, será muy probable superar 30 ºC en amplias zonas del centro, sur y nordeste de la Península» y que «en el valle del Guadalquivir [la probabilidad de superar 35 ºC] será muy alta».

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Pero ojo a los detalles. Porque, de la misma forma que el calor de la masa de aire influye en temperatura a nivel del suelo, hay muchos otros fenómenos similares. Si llega una masa muy cálida y se encuentra con el famoso «horno ibérico» (cielos despejados, ausencia de viento y una alta incidencia de la luz solar), el calor en superficie se dispara. En cambio, si por obra y gracia de la circulación atmosférica, los cielos están encapotados, las temperaturas no escalarán tanto.

Y el caso es que a lo largo de la semana podemos ver ambas cosas: mientras en el valle del Guadalquivir parece que vamos a tener condiciones para que haga un calor desorbitado (y en buena parte de Andalucía Oriental pueden llegarse a ver temperaturas hasta 15 grados por encima de lo normal), hay indicios de que en el noroeste las nubes (y hasta las tormentas) ayuden a contener la situación.

¿Y si no llegamos a alcanzar temperaturas tan altas? Eso entra dentro de lo posible. Siempre, de hecho. Es verdad que, conforme pasan los días, es menos probable que no se produzca una «pseudo-ola de calor» esta semana, pero no debemos olvidar que hablamos de modelos, ni que nos adentramos en un terreno relativamente nuevo.

De hecho, en los últimos días algunos meteorológicos comentan que los modelos de AEMET están tendiendo a pintar máximas más altas (5 ó 6 grados) de las que finalmente se registran. Aún es pronto para saber qué está pasando (si es que está pasando algo en realidad), pero viene bien tener todo esto en cuenta para evitar sorpresas injustificadas.

Lo que ya no es una sorpresa es el calor en Europa. El informe del Estado del Clima Europeo de 2022 que acaba de sacar el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) es increíblemente elocuente. Durante este año pasado, el área mediterránea registró entre 70 y casi cien días de «muy fuerte estrés térmico» el mayor número de días con estas temperaturas registrado hasta ahora. Por si fuera poco, también vivimos la sequía más extensa que se ha registrado en Europa. Hasta el punto de que el 63% de  los ríos europeos están con un caudal por debajo de la media.

Ni los problemas que eso acarrea. Porque si realmente se llega a 40 grados en el sur de la península, nos encontraremos con una situación crítica para el olivar. Y por «crítica» quiero decir que se va a quemar toda la flor y la cosecha va a llegar a mínimos históricos. Sin lluvias de entidad y con los problemas de coordinación entre las Confederaciones Hidrográficas y los agricultores el campo va de cabeza a una crisis profundísima.

Una crisis que, es cuestión de tiempo, que alcance al agua potable de millones de personas.

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